15.3. La crisis de la utopía ilustrada

Desde que Kant la definió, en 1784, como "la liberación del hombre de su culpable incapacidad", la Ilustración ha permanecido manteniendo el ideal optimista de un continuo progreso hacia lo mejor, resumido en el lema sapere aude. Progreso que Kant atribuía a la benéfica influencia sobre los pueblos de las constituciones que éstos fueran capaces de darse a sí mismos tras la liberación del Antiguo Régimen; constituciones que acabarían con las guerras y consolidarían la tendencia del género humano hacia lo mejor, llevando finalmente a la sociedad universal, de la misma manera que en el contrato social entre individuos libres se forma una sociedad por común acuerdo.

La primera crítica a ese diagnóstico optimista fue la marxiana, que puso de manifiesto que la mera emancipación del feudalismo y la adquisición de estructuras formalmente democráticas no libera: el igualitarismo liberal es ilusorio, porque tiende a olvidar la esencial desigualdad social que muchas veces hay en su base. Tampoco constituye una garantía de paz, porque la expansión mundial conduce inexorablemente a la lucha por los mercados.

A estas crisis económico-políticas del proyecto ilustrado hay que añadir una más, que en cierta manera las subsume: la imposibilidad de concebir todavía el Estado y la sociedad, no ya en términos uniformes, sino incluso como un todo coherente. La complejidad de lo estatal y lo social ha crecido hasta el paroxismo, diversificándose cada vez más, y estos ámbitos no son ya inteligibles como un sistema, sino más bien como un conjunto de subsistemas independientes, imposibles de reducir a la unidad. Y si hubo un núcleo común a los proyectos ilustrados que explicara ese optimismo fue la pretensión de entender de forma más o menos unitaria los procesos jurídicos, políticos y sociales, de proporcionarles un sentido que sustituyera ese nuevo sentido en términos de progreso. Esa reducción de la diversidad a la unidad parece haberse perdido, y con ella la pretensión de los modernos y de los modernos críticos de proporcionar un modelo explicativo para lo jurídico y lo social. Es lo que se ha denominado postmodernidad y su trasunto ideológico, el pensamiento débil.

Resumiendo, el proyecto ilustrado se halla sumido en una profunda crisis. Los intentos marxistas y socialdemócratas de paliar la insuficiencia, típicamente liberal, con que lo planteó Kant otorgaban al Estado intervencionista el papel decisivo para encarrilar, si vale decirlo así, el proyecto ilustrado. Pero tras la crisis de la versión liberal de dicho proyecto en los años 30, a la cual siguió la de sus "hijos díscolos" marxistas y socialdemócratas en los 60 y 80, los entusiastas de la mundialización, neoliberales y también optimistas, no creen ya, como Kant, que el derecho sea la clave de la liberación humana; tampoco, como los marxistas y socialdemócratas, que dicha clave esté en un Estado fuerte. Su utopía es económica y se basa en los beneficiosos efectos del libre mercado mundial, al que estados y sistemas jurídicos no deben hacer sino plegarse. Pero olvidan, como Kant, que el aumento del conocimiento y la riqueza no comportan su reparto mínimamente equitativo.