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2.1. La regencia de Espartero, 1841-1843

Si María Cristina había conducido el país en alianza con los moderados, Espartero intentó hacerlo apoyándose en los progresistas. Tuvo así enfrente a un gran sector del ejército, a los propios moderados, a la burguesía catalana. Cuando el general perdió el respaldo de su propio partido, la conjunción de todos le hizo caer. Narváez liquida el llamado cesamiento liberal de Espartero el mismo año 1843 en que Isabel II, entonces mayor de edad, inicia efectivamente su reinado.

2.2. La década moderada (1844-1854) y el primer centrismo político

Cuando en 1844 Narváez disuelve las Cortes y convoca elecciones, su triunfo fue tan rotundo que sólo salió elegido un diputado liberal. No era fácil ofrecer una alternativa de gobierno homogénea y sólida. Las peripecias políticas habían llegado en cualquier caso a cansar el país. No faltaron desde luego resistencias marginales, como las de los carlistas.

Las síntesis moderada tuvo tres claves principales, dos de ellas consumadas y una tercera inconclusa. La primera fue el propio ordenamiento constitucional: la Constitución de 1845. La segunda, relativa a las problemáticas con Roma, se resolvió en el Concordato de 1851. La tercera fue la posibilidad, frustrada, de cerrar el pleito dinástico mediante el matrimonio de la reina con el conde de Montemolín, primogénito del pretendiente Don Carlos.

El régimen de Narváez construyó, mediante numerosas reformas, el andamiaje centralista del Estado contemporáneo, basado constitucionalmente en la coexistencia de los dos grandes partidos, moderado y progresista. El partido gobernante resultaría minado por las discordias; el centralismo moderado se disolvió.

2.3. La revolución y el bienio progresista, 1854-1856

La Revolución de 1854 se inicia con un pronunciamiento de militares conservadores, como protesta por el desgobierno y la corrupción, para derivar luego a la alianza con las fuerzas progresistas. Tuvieron lugar una serie de sublevaciones durante el mes de julio, cuyo triunfo posibilitó el gobierno de Espartero-O'Donnell y una coalición moderado-progresista que durante dos años retuvo el poder.

Bajo el lema de Unión Liberal, elaborarían una Constitución en 1856 que pese a su aprobación por las Cortes no llegó a ser promulgada. A la ya habitual conflictividad política se sumó entonces la específica del movimiento obrero. En 1855 tuvo lugar en Barcelona una huelga general de alarmantes proporciones. Tras la caída de Espartero se adoptaron medidas contra el revolucionarismo obrero que culminarían luego en la prohibición general de todo tipo de asociaciones.

2.4. La unión liberal, 1856-1863

En 1856 O’ Donnell asume el restablecimiento del régimen moderado que él mismo había contribuido a derrocar. La Unión Liberal representó una positiva aportación a la estabilidad política. Con cierto talante de modernidad e integración, la Unión Liberal representó "un intento de conseguir gobernar con la anuencia de los gobernados".

Bajo esta coalición electoral, de la que formaron parte la izquierda moderada progresistas templados, tuvo lugar entre 1858 y 1863 el gobierno largo de O’ Donnell.

Hay que destacar la recuperación de la imagen internacional de un país hasta entonces enclaustrado. Fue espectacular el progreso económico en muy diversos aspectos: mejoras agrícolas, despegue industrial, construcción de la red ferroviaria, potenciación del comercio, etc.

A pesar de todos los éxitos, esta segunda experiencia centrista sucumbió por males semejantes a los que destruyeron la primera.

2.5. El preludio de la revolución, 1863-1868

En los cinco años y medio que transcurren desde la caída de O’ Donnell hasta que Isabel II pierde el trono, se suceden siete gobiernos. El problema de fondo es la marginación de los progresistas, la acentuada radicalización de los excluidos y la creciente soledad de la Corona.

Tuvo lugar un desviacionismo de las fuerzas políticas hacia posiciones extremas, acercando sus planteamientos conspiradores revolucionarios. El partido demócrata de orientó al republicanismo, mientras los progresistas desairados eran ya decididamente antidinásticos. Para los demócratas sólo era posible alcanzar el poder por medio de la revolución.

A un clima político depresivo, que arrastró al exilio a personalidades progresistas y moderadas, se sumó la crisis económica. Todo apuntaba al golpe de Estado. Prim fue el líder de la conspiración y en septiembre de 1868 la conspiración triunfa. Isabel II se refugia en Francia.

2.6. El sexenio revolucionario, 1868-1874

Al gobierno provisional, presidido por Prim, correspondió organizar el Estado salido de la Revolución. Se convocaron Cortes constituyentes con un régimen de sufragio universal para los mayores de 25 años.

El gran problema política era ahora la ordenación institucional. A ese problema se sumaron los conflictos surgidos con los secesionistas de Cuba, la reducción de impuestos, y el aluvión de dificultades de orden público interno por la persistencia de las juntas revolucionarias.

Unionistas y progresistas constituían el bloque monárquico. Las Cortes de 1869 hubieron de afrontar esta cuestión resuelta, por la mayoría de aquellos, a favor de la solución monárquica. Lo que esas Cortes decidieron era complicado: debía haber monarquía pero, descartada Isabel II, era preciso buscar otra persona. Hubo de transcurrir más de un año desde que la monarquía reconocida en las Constitución de 1869 contara con el monarca. El duque de Aosta aceptó el trono.

Amadeo de Saboya vino a reinar a España en 1870. Su candidatura había sido aprobada por las Cortes con casi tercio de los votos en contra. Al desembarcar en Cartagena recibió la noticia del asesinato de Prim. No llegaría a disfrutar del fervor popular, y durante los dos años de su reinado, se sucedieron tres elecciones generales y seis gabinetes. La razón de su fracaso fue el basamento ideológico de la Revolución de septiembre, republicano en el fondo. Amadeo hubo de abdicar.

El mismo día en que renunció el monarca en 1873 se produjo la proclamación de la República. En los once meses escasos de la vida de ésta, la república fue presidida por cuatro personalidades: Figueras, Pi i Maragall, Salmerón y Castelar.

En sí misma, como sistema político, la República carecía de arraigo y apoyo. En el exterior fue vista con recelo, siendo sólo reconocida por Estados Unidos y Suiza. Dentro del país sus únicos soportes fueron el sector político de la burguesía de izquierdas, algunos obreros y un núcleo de intelectuales, por lo que todo aquello era minoritario y carecía de base popular.

La nueva guerra carlista aprovechó el descontento existente y añadió nuevas dificultades. Surgieron revueltas, cuya represión forzó a la República a adoptar un aire más conservador e incluso a que Castelar suspendiera las garantías constitucionales. Un año después se proclamaba el grito de ¡Viva Alfonso XII!

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