16.4. Liberalismo radical, liberalismo moderado y comunitarismo

El liberalismo radical se caracteriza por una visión individualista de la ciudadanía y de los derechos que la forman; una visión claramente inspirada en el pensamiento contractualista, donde la función de la sociedad política y del Estado no es sino facilitar el libre desarrollo de los sujetos, considerados como seres libres y autónomos, limitándose a no interferir y a remover los obstáculos a dicho desenvolvimiento. La visión liberal de los derechos es, pues, negativa, en el sentido de que el Estado se obliga ante todo a protegerlos y no a promover a su través transformación alguna. Obviamente, el sentido comunitario es débil o inexistente en el pensamiento liberal, que no contempla un ejercicio de los derechos que no se dé en el plano individual y para el cual el espacio de lo público exceda el de la libre concurrencia de los ciudadanos. En este modelo toda forma de diferencia está llamada a la pura y simple asimilación, pues no entiende, en aras de un universalismo radical, que deba matizarse el ejercicio de éstos en función de diferencia alguna. Se suele criticar a este modelo que se inspire en el mercado, entendido como libre concurrencia de sujetos en condiciones igualitarias.

El modelo liberal moderado defiende una visión más participativa de la sociedad. La diferencia con respecto al modelo anterior es que aquí existe un auténtico espacio de lo público, que suele, además, articularse en torno a un diálogo concebido de modo procedimental y, por tanto, no material, finalista. En este sentido es liberal: pues considera que no debe prevalecer en una sociedad política concepción alguna de la "vida buena", sino que todas las concepciones han de confluir en lo público y participar en ello "desactivando" sus divergencias en lo atinente a visiones del mundo. Pero al proponer un tipo de ciudadano políticamente activo, el liberalismo moderado se separa del liberalismo radical, pues entiende que el modelo de la confluencia de ideas en el debate público no puede ser el mercado, en el cual prima el egoísmo sobre la cooperación. De hecho, se halla cercano a perspectivas socialdemócratas, que buscan el aseguramiento, mediante prestaciones estatales, de unos medios de vida mínimos para los más desfavorecidos; lo que supone dar beligerancia a la diferencia, pero sólo en términos de bienes y derechos y, por supuesto, con el fin de atenuarla, de modo que este tipo de liberalismo no concede beligerancia a elementos identitarios en el espacio de lo público. Los autores más relevantes entre quienes sostienen este modelo son Rawls y Dworkin. Aunque Habermas presenta cierta proximidad a los puntos de vista comunitaristas, se mantiene dentro de un punto de vista liberal con respecto a las culturas.

El modelo comunitarista no rechaza, como los liberalismos, el ideal de vida buena al hablar de la comunidad. Para los comunitaristas, el pueblo no puede ser representado y sólo su movilización en un espacio público define la democracia, frente a la tendencia a la atomización individualista que es típica del liberalismo radical. El comunitarismo pretende incluso construir todo el espacio público sobre el reconocimiento de la diferencia, entendiendo que ésta es constitutiva: esto es, que la identidad humana no es algo dado con anterioridad al diálogo, sino algo que, como dice Taylor, se constituye dialógicamente. Esto supone vindicar las formas de vida y vindicarlas, además, como buenas, con el rechazo que ello comporta del universalismo liberal de los derechos abstractos. Hay pues en el comunitarismo una definición de lo individual en términos de la matriz social, como ocurría en la doctrina aristotélica, lo cual niega en su raíz la autonomía moral abstracta que predican los kantianos: todos somos socializados en una cultura concreta, que nos enseña a ver el mundo a través de sus ideas y prejuicios. Hay, además, un gran escepticismo sobre la posibilidad de establecer juicios sobre cualesquiera culturas, pues es imposible situarse en una posición que las supere a todas; quien pretendiera alcanzar dicha posición no haría sino universalizar tramposamente su modo de vida concreto: el liberalismo, por ejemplo, no es algo así como la matriz universal de cualesquiera culturas, sino una cultura política históricamente triunfante. Los autores comunitaristas más significativos son Taylor, Walzer, Sandel y McIntyre.

Es casi imposible imaginar un liberalismo puro, como lo es imaginar un comunitarismo absoluto. El primero nos situaría ante un mundo anómico, lleno de criaturas autointeresadas y hostiles a casi cualquier práctica cooperativa; el segundo, ante un panorama de meras tribus. En un caso, no existirían más derechos que los individuales; en otro, sólo serían concebibles los colectivos.

Por ello, la contraposición liberalismo-comunitarismo debe entenderse en términos no reduccionistas. No nos hallamos ante categorías cerradas y excluyentes. La vida social está hecha de un entrelazamiento permanente de componentes, algunos de los cuales no cabe enfocar sino desde la estricta igualdad de derechos y otros requieren sensibilidad hacia la diferencia.