16.2. El problema de la integración de las minorías

En la expresión Estado nacional coexisten dos referencias que cada vez tienden a oponerse más: Estado y nación. El primero, que tiene un sentido técnico-organizativo, impersonal, vinculado sin más a la ciudadanía, a lo común, designa aquello que nos une sin precisiones, como seres mutuamente vinculados, ante todo, por sus derechos. Pero la segunda, que hace referencia al sustrato material y no a la organización, tiene un sentido cultural y suele vincularse a la diferencia: pues no es difícil interpretar la nación como signo del destino compartido de una comunidad preexistente al Estado, y entonces entramos en el ámbito del nacionalismo.

Habermas se refiere a la crisis de ese Estado nacional que logró sustituir los antiguos vínculos corporativos por lazos de solidaridad: "Pero esta conquista republicana se pone en peligro cuando la fuerza integradora de la nación de ciudadanos se reduce al dato prepolítico de un pueblo cuasinatural, esto es, algo que es independiente de la formación de la voluntad y la opinión política de los ciudadanos". Existe aquí una tentación de exacerbar la diferencia y a veces, incluso, de centrar la identidad en torno a ella.

Por supuesto, la exclusión del otro puede funcionar en todas las direcciones sin que el discurso se altere lo más mínimo:

  • Un Estado contra otro, generalmente vecino, por motivos de conciencia nacional.
  • Dentro del Estado nacional, la mayoría en él dominante frente a quienes en su interior se definen como comunidad, tanto si aspiran a convertirse en Estado como si no.
  • La minoría ya independizada, convertida en nueva mayoría contra quienes dentro de ella deseen asimilarse a la mayoría anterior.

Resulta importante insistir en que no siempre esa percepción de la identidad se expresa en términos de nacionalismo: cualesquiera minorías capaces de vindicar una cultura podrían acogerse a ella, porque las causas del sentimiento de exclusión con respecto a la cultura mayoritaria son múltiples: étnicas, sexuales, morales, lingüísticas... Por eso, es la cultura el denominador común de todos los problemas planteados en este ámbito; de hecho, las aspiraciones nacionalistas siempre invocan ese imaginario común al que antes nos referíamos como una cultura propia frente a la mayoritaria.