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La clave que permite comprender esta relación entre la evidente mundialización económica y la imposible mundialización de los derechos está en un prejuicio que no vemos, porque se ha integrado en el panorama hasta hacerse imperceptible: el mito del crecimiento ilimitado. Tanto liberales como socialdemócratas se pliegan a él, e incluso los estados comunistas lo reconocieron como un ideal desde sus economías. Así, sólo un crecimiento continuo del PIB permite asegurar la estabilidad de un sistema económico.

El problema es que un crecimiento ilimitado lleva a consecuencias tan peligrosas como el consumo puramente suntuario, el aumento de la especulación y de la contaminación; un país que crezca continuamente al 3% anual duplicará su PIB en un tercio de siglo. Como resultado del modelo productivista, la huella ecológica de los sociedades "desarrolladas" y de los países emergentes ha aumentado de modo que pronto será insostenible.

Por eso ha ganado fuerza la llamada economía del decrecimiento. Sus partidarios sostienen que el triunfo mundial del capitalismo tiende a eliminar las formas sociales y políticas anteriores, imponiendo para todas las sociedades del mundo los mismos patrones productivistas; esto supone reducir toda concepción del bienestar humano a la necesidad de producir en cantidad decreciente bienes y servicios.

Los partidarios del decrecimiento sostienen que sólo podrá revertirse esta situación mediante una reducción drástica tanto de los sistemas productivos: Carlos Taibo se refiere, en particular, a la industria militar, la automovilística, la aviación y la mayoría de la construcción. De acuerdo con esta postura, la mayoría de los empleos perdidos deberían recuperarse a través de actividades vinculadas a las actividades medioambientales y a los sectores económicos tradicionales, los más vinculados a la subsistencia; justamente aquellos que la visión neoliberal ha despreciado. Taibo afirma que es un error concebir la disminución de la capacidad adquisitiva como una pérdida cualitativa de bienestar, cuando sólo supone deshabituarse a la pulsión de trabajar cada vez más para adquirir y renovar continuamente bienes superfluos. Se trata de un retorno a las cosas, desterrando la visión reductora que las convierte en meros objetos.

Ello supone importantes ganancias: principalmente, de tiempo libre y servicios sociales, así como un entorno más limpio. Se trata de una nueva economía, pero también de una nueva política y, más que ninguna otra cosa, de una nueva ética, frente a la reducción neoliberal que tendía a separar los tres ámbitos con predominio absoluto del económico.

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